jueves, 6 de marzo de 2014

El último autógrafo



Quizás porque este no es un blog de viajes al uso, sino más bien las divagaciones y reflexiones de esta viajante por obligación, me atrevo a incluir aquí y ahora este texto de recuerdos y ensoñaciones de una vida que a veces parece otra distinta, tan ajena y lejana, tan divina como solo puede ser la vida que se recuerda, porque con el paso del tiempo borramos lo malo todo lo que podemos, aunque a veces nos queden manchas que no se quitan.
Ha muerto Leopoldo María Panero, el poeta maldito que nos quedaba. Cuando leí la noticia en una de las redes sociales a las que me encuentro enganchada sin remedio me invadió una ola de tristeza al recordar que el último autógrafo que pedí fue precisamente el suyo, va a hacer ahora dos años, en la feria del libro de Madrid.
Siempre he admirado a los poetas, quizás porque soy una poeta frustrada incapaz de escribir siquiera dos versos tristes o dos tristes versos, como se quiera mirar. Siempre he sido narradora en todo y para todo. En la vida y en la escritura me gusta escuchar a hurtadillas e inventar realidades, la mayoría de las veces con muy poco acierto, pero nunca he escrito un verso. Por eso los admiro y los observo con envidia.
La muerte de Panero ha traído a mi memoria mi breve colección de autógrafos e imágenes desgastadas de los momentos en los que los logré.
Por un lado tengo guardadas en el cajón varias firmas de amigos: la de Pablo Rodríguez Medina, José Luis Rendueles,  Xuan Santori o Toño del Valle. Me faltan varias que espero conseguir…
Por otro, conservo en la actualidad autógrafos de personajes con los que no he tenido relación, quizás solo la suerte de cruzarme con ellos en algún instante de mi vida. Entre estos  están los de Panero, Ángel González, Almudena Grandes,  Carlos Goñi y el de uno de los “grandes hermanos” de la primera tanda. Este último autógrafo lo guardo porque un día de domingo me lo trajo mi hermano, y los regalos de los hermanos no se rechazan, aunque sean solo firmas  arrugadas de concursantes de programas basura.
El autógrafo  de Carlos Goñi descansa sobre una entrada de un concierto casi olvidado de hace mucho tiempo, cuando mis amigas y yo aguantábamos horas y horas haciendo colas interminables para ponernos en la parte delantera de cualquier concierto al que íbamos. Muchas veces ni importaba el cantante, solo la emoción de estar juntas y de poder chillar y bailar como nada más se puede hacer cuando se rondan los veinte.
Los autógrafos de Ángel González y Almudena Grandes los conseguí el mismo día, hace ya tiempo, quizás corría el año 96 o 97, no lo recuerdo con exactitud. Por aquel entonces se organizó en Oviedo un homenaje a Ángel González al que asistieron varios poetas de los ya consagrados. Durante aquellos días de celebraciones, conferencias y actos, los estudiantes del Milán recorrimos con entusiasmo el camino de los escritores de un lado a otro de la ciudad.
Es curioso, pero con el paso del tiempo, hablando con algunos de aquellos compañeros, he llegado a descubrir que todos guardamos historias de esos días, recuerdos imborrable. Yo tengo marcados varios instantes, uno, en el Campoamor, cuando José Agustín Goytisolo recitó el poema aquel que tanta pena me daba (y me sigue dando), ese que decía “hijo mío no sirves para nada”. Tiempo después, tras la muerte de Goytisolo, volvió a mi cabeza aquel momento de poesía cuando oí  las palabras de boca del propio creador.
El otro recuerdo que guardo, quizás el más especial de aquellos días, ese que la muerte de otro poeta me ha traído a la cabeza, es el de una noche en uno de los cafés de Oviedo. No me acuerdo  del nombre del sitio, pero supongo que tampoco importa. Aquella noche mi amiga Carmen y yo estuvimos en aquel lugar, al lado de las mesas en las mesas bebían y hablaban escritores y cantantes. Allí mismo Ángel González nos firmó un folleto que recogía algunos de sus poemas. El viejo poeta bebía un vaso de güisqui, sonreía y fumaba. Vivía como solo ellos supieron vivir, bebiéndose y fumándose la vida. Ángel González nos pareció un tipo amable y cercano aquella noche. A la mañana siguiente, releyendo sus versos, ya no era un hombre normal, ya lo dijo otro poeta, Huidobro,  “el poeta es un pequeño dios”.
La misma noche en la que bebimos al lado de don Ángel encontramos a Almudena Grandes en la cola del baño. Allí me firmó una cajetilla de LM light. Ha pasado el tiempo y los cigarrillos han desaparecido de mi vida, pero la caja la conservo como algo muy especial.  A Almudena la admiraba mucho entonces y la sigo admirando ahora. Ángel González alcanzó con su muerte el estatus de dios de la poesía, no podía ser de otra manera. 
“Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra” decía otro de mis favoritos, Jaime Gil de Biedma. Hoy ha muerto Leopoldo Panero y me ha hecho retroceder en el tiempo, me ha traído el soplo de otras vidas vividas, de otros tiempos ya pasados. Quiero terminar esta entrada escrita desde Vilnius con unos versos suyos que he encontrado en internet:

 DEDICATORIA

Más allá de donde
aún se esconde la vida, queda
un reino, queda cultivar
como un rey su agonía,
hacer florecer como un reino
la sucia flor de la agonía:
yo que todo lo prostituí, aún puedo
prostituir mi muerte y hacer
de mi cadáver el último poema.

jueves, 27 de febrero de 2014

Reflexiones sobre Ucrania


Era sábado y no recuerdo exactamente por qué pero yo estaba dando una vuelta sola por Senamiestis, la parte antigua de Vilnius. Fue al poco de llegar, quizás a finales de octubre, no sé. Es un dato que tampoco importa. La tarde-noche en la ciudad era rara, irreal. Caía una lluvia fina, eso que en Asturies llamamos orbayu, y que aquí se ve tan pocas veces. En Lituania llueve mucho menos y muchas veces en invierno las precipitaciones son en forma de nieve. El tema es  que aquel día cerca del antiguo Ayuntamiento, había un festival de canción, danza y costumbres de Ucrania. No voy a negar que me fascinaron aquellos cosacos altísimos de largos bigotes que llevaban abrigos casi hasta los pies y botas de piel. Tampoco negaré que observé con envidia a aquellas muñecas de piel perfecta y pelo claro, con trenzas recogidas en la cabeza y vestidas con coloridos trajes tradicionales. Es evidente que todos iban ataviados para la ocasión y la verdad es que a mí me encantaron. Estuve casi una hora allí de pie esperando por J. y mientras tanto pude ver varias actuaciones musicales, danzas y juegos tradicionales en los que participaba el público. Hubo un momento en que sus juegos y chanzas se me antojaron tan parecidos a los nuestros que logré olvidar que no estaba en casa. Desde que estoy fuera de España estoy descubriendo que las personas se parecen mucho en todos los sitios. Puede cambiar la altura, el carácter o el color de los ojos, pero siempre hay algo común, algo que te permite empatizar. La historia es que a mí aquellas personas me resultaron alegres y amables. Me gustó su música y quedé fascinada con las imágenes del país que mostraba una pantalla gigante. Cuando J. llegó le dije que a lo largo del año teníamos que visitar Ucrania. Solo el precio y el horario del vuelo nos harían unos días después escoger San Petersburgo en lugar de Kiev para nuestra visita de enero. Ucrania queda pendiente, pero no me pienso olvidar.
A finales de noviembre, tiempo después de aquel festival que tanto me había entusiasmado, tuvo lugar la ya famosa cumbre de Vilnius, donde los países europeos intentaron acercarse a Ucrania con el consiguiente cabreo de Rusia. Desde aquí las cosas las vimos muy de cerca. La misma tarde en la que comenzó todo nos encontramos a varios manifestantes ucranianos lanzando proclamas a favor de Europa. “Ucrania es Europa” chillaban en lituano desde Lituania, un país que también formó parte de la Unión Soviética y que ahora por decisión de sus ciudadanos pertenece a la Unión Europea (con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva, está claro). Yo hace tiempo que soy  escéptica con el concepto “Europa”, pero tengo que admitir que los lituanos están recorriendo el mejor camino posible. Quizás el único posible para ellos. Esa es mi opinión ahora que los conozco un poco más, pero el camino de Lituania es otra historia…
En aquella cumbre el resultado final fue que Ucrania no firmó lo que tenía que firmar con Europa y mostró su apoyo  a la Rusia de Putin, al omnipotente y omnipresente Vladimir. Los representantes europeos, como no podía ser de otra manera, no se lo tomaron bien. Aún recuerdo el discurso de Durão Barroso  (en ese perfecto inglés que saben usar los políticos de todos los países excepto los de España…), diciendo ante la prensa que los países de la UE no pensaban ceder ante ningún tipo de chantaje.
Aquella fue la chispa que encendió un polvorín que se llevaba ya tiempo cociendo. Ucrania era y es una nación dividida entre los afines a Europa y los partidarios de seguir cerca de Rusia. Comenzaron a finales de aquel mes de noviembre las protestas que terminaron por extenderse a lo largo de los meses. Protestas y altercados que acabaron con un montón de muertos y un país que a día de hoy sigue dividido. Hace unos días ya que Yanukovich anda desaparecido del mapa, dicen los medios que puede estar en una base rusa en la zona de Crimea. Mientras tanto, tras su huida, en sus dependencias se hallaron todo tipo de lujos y comodidades, bastante alejadas de las que podría alcanzar un ucraniano de a pie. Así son las cosas en casa del poderoso.
Durante todo este tiempo he seguido muy de cerca las noticias que llegaban desde allí. Me he horrorizado con determinadas acciones que llegaban a nosotros por medio de la prensa y me he llegado a emocionar con otras. Recuerdo las palabras de un ciudadano que decía que ellos solo querían vivir una vida normal, en libertad. Supongo que eso es a lo que todos deberíamos aspirar.
A día de hoy Ucrania sigue siendo una bomba. Yo, desde aquí, desde donde veo las cosas un poco más cerca, solo les deseo que lleguen a buen fin. Les deseo que logren encontrar su camino, que alcancen una Ucrania libre en la que se respeten los derechos de todos sus ciudadanos. Lejos de pensamientos políticos divididos y fuera del yugo de los corruptos y de los opresores todos somos iguales. 
Foto tomada con mi móvil durante la cumbre de Vilnius. Los manifestantes gritaban "Ucrania es Europa".

lunes, 10 de febrero de 2014

Kalvarijų Turgūs



A las once y media de la mañana de un sábado cualquiera de enero bajamos andando desde nuestra casa con un ligero viento que empuja los copos de un lado hacia otro. El paseo no es largo. No llevamos paraguas. Hemos descubierto que la gente de aquí no lo utiliza para la nieve. Quizás es porque normalmente no nieva en tanta cantidad como en Asturias o tal vez sea porque aquí, a esta temperatura, cuesta sacar las manos de los bolsillos, aunque lleves dos pares de guantes como los míos: debajo unos de forro polar fino y sobre estos unas manoplas de lana compradas hace un mes en Kalvarijų, el mercado hacia el que nos dirigimos. El Kalvarijų Turgūs (mercado de  Kalvarijų) está en plena ebullición. Poco importa que esté nevando y que nos hayamos levantado con quince grados bajo cero. Todo sigue en su sitio. Ni el frío ni la nieve pueden impedir que un lituano continúe con su vida normal.  Ley de vida. Son duros como piedras. Nosotros entramos por la parte de atrás del  mercado, donde se sitúan las personas que venden cosas de segunda mano de todo tipo: objetos de porcelana, ábacos, patines de hielo, trineos, gorros de piel, abrigos,  medallas y pins de la época soviética, juguetes antiguos, etc. En  Kalvarijų, a diferencia del otro mercado al que vamos otras  veces los sábados, el Tauro Kalno, casi nunca hay turistas en busca de gangas.
El suelo está resbaladizo y no es fácil caminar entre la nieve. A pesar de eso todos siguen en su sitio. Inamovibles. En la parte de atrás, además de cosas viejas y alguna joya de colección, hay prendas de lana. Hoy hemos venido a por unos guantes. Sobre una mesa que no tiene ningún tipo de resguardo coloca la mercancía la señora a la que yo le compré los  míos. Está siempre en el mismo sitio. Hoy tiene las prendas cubiertas por un plástico fino. Nosotros nos quedamos mirando los guantes mientras ella va a ver a un ruso que tiene un puesto justo en frente del de ella. Hablan entre ellos. Luego la señora vuelve, saca una tacita de debajo de su mesa y va hacía el ruso. Él se la llena de café. Ella regresa a su puestecito y mantiene con nosotros una conversación parecida a la que tuvimos cuando yo compré mis guantes. Nuestro nivel con el idioma no da para más. Nos pregunta que qué lenguas hablamos y nos dice que ella habla lituano, ruso y polaco. Nosotros no manejamos ninguno de las tres, pero no importa. Si algo he aprendido en estos últimos meses es que en determinados momentos el no tener un idioma en común no es lo más importante. Los guantes de lana tejidos a mano nos cuestan quince litas (menos de cinco euros). Yo me voy de su puesto con sensación agridulce, me pasa muchas veces desde que estoy en Vilnius, me apena ver a gente tan mayor trabajando en estas cosas. Siempre que quiera guantes volveré aquí. Quizás empiece a regalar guantes a mis amigos…
 Seguimos cotilleando los puestos. La nieve empieza a caer con más fuerza y comienza a formar una capa más gruesa sobre el suelo.  Al fondo está otra de las señoras que siempre están en el mercado. Lleva un abrigo de piel muy grueso con una capucha que le taba la cabeza. Bajo semejantes pieles se ve aún más menuda que de costumbre. Me paro en su puesto y ella me sonríe. Siempre me sonríe. Pienso que un día tengo que comprar alguna de sus piezas de porcelana, muñecas de época soviética u ositos Misha. Miro con detenimiento pero no encuentro nada. No importa. Seguro que algún día lo encontraré.  Muy cerca está otro de mis tenderetes favoritos: el sitio donde compré un azucarero de cerámica alemana de la época de la RDA hace unas semanas. Bajo la sombrilla gigante, utilizada en este caso como paraguas, se esconden piezas únicas y genuinas conservadas en buen estado y a muy buen precio. Esta vez miro pero me resisto y, aunque veo un samovar que me gusta mucho, al final no me llevo nada.
El recorrido por la parte trasera de Kalvarijų  siempre nos lleva un buen rato. En esta ocasión nos vamos con un par de guantes y un ábaco que J. acaba de comprar a un ruso. Luego nos metemos por la puerta que lleva al mercado propiamente dicho y nos encaminamos a la parte central, al pabellón de los embutidos, donde se puede encontrar chorizo o lomo a precios que para un español resultan irrisorios. De camino me paro en uno de los muchos puestos de ropa y me compro unas mallas por veinte litas. Les busco la etiqueta porque una de las cosas que  me sorprenden de Lituania es que casi no tienen productos made in China. Son turcas y tienen pinta de abrigar mucho. Falta nos hace…
Dentro de la zona de los embutidos, uno de los  pabellones cubiertos en medio del mercado, el jaleo es impresionante. La gente de la ciudad recorre los pasillos comprando jamón, tocino, salchichas, lomo, chorizo, pan negro o verduras enlatadas. Nosotros todavía no nos hemos atrevido con las últimas, pero sí con todo lo demás. Recorremos los puestos y escogemos algunas cosas. Ahora ya entendemos determinadas palabras (pocas) y sabemos que nos estamos llevando lomo y chorizo de vaca.
Salimos del mercado sobre la una de la tarde. Sigue nevando. El viento frío empuja los copos hacia nuestras caras. Yo me cubro la boca con la bufanda y comienzo a caminar. Es sábado y estamos a menos quince. Así es Vilnius.

jueves, 16 de enero de 2014

Reflexiones sobre la sanidad española y la sanidad lituana

      Llevo días queriendo hacer esta entrada del blog, pero siempre he encontrado alguna disculpa, quizás porque me resulta un tanto incómodo hablar del tema, quizás porque me parece algo personal, y muchas veces cuesta escribir de cosas personales. Siempre preferí inventar que contar cosas reales. Ante esta última reflexión no puedo más que traer a mi memoria las palabras de Xuan Bello que muchas veces hago mías: “La verdá tamién se inventa: la vida, mírese per onde se mire, ye siempre una mentira más o menos bien contada”.  
      Sea como sea, el caso es que hacía días que este tema me rondaba la cabeza. También llevo tiempo pensando en escribir sobre la educación en España, cosa de la que puedo hablar con bastante conocimiento de causa. Próximamente en sus ordenadores...
       En cuanto al tema sanitario estos últimos días me he “encabronado”, y perdonadme la expresión, pero es que es la que mejor define lo que siento, con el nuevo decreto según el cual si eres un “joven aventurero” que pasa al año más de tres meses fuera de España, pierdes la sanidad pública. No puedo expresar con palabras lo que siento ante este tipo de cosas que me alejan poco a poco de mi casa, de mi país. No puedo dejar de decir la vergüenza y la grima que me producen estos nuestros políticos que velan solo por sus intereses, dejándonos a los demás tirados, vendidos. Ahora, una cosa les diría (y si mi exquisita educación de escuela pública me lo permitiese quizás les diría algo más…): ¡Hagan el favor de no pedir mi voto en las próximas elecciones! ¡No llenen el buzón de mi casa con sus papeles y sus absurdas promesas! ¡Váyanse ustedes a…!
      Muchas veces solo nos queda el derecho al pataleo. En este caso, más que nunca, trato de ejercerlo en este pequeño escaparate.
       Todo esto quería decir, esto y mucho más, porque considero que en España siempre tuvimos una excelente sanidad pública, esa misma que ahora mismo nos están arrebatando, segando, mermando, con la disculpa de esta crisis de la que según ellos ya estamos saliendo.
        Cuando hace un mes pensé en hacer esta entrada en mi blog no imaginé que fuese a empezar así. Mi idea era simplemente hablar de la sanidad lituana y compararla con la nuestra. Quería hablar de la sanidad lituana porque sin comerlo ni beberlo, la conocí por dentro antes de lo que pensaba...
       A principios del verano pasado a J. le dijeron que le daban trabajo en Vilnius. Lo primero que hice yo (después de protestar, llorar y patalear) fue buscar información sobre la ciudad y sobre el país en general y los pelos se me pusieron como escarpias leyendo cosas sobre la sanidad del país. Tengo que decir ahora, ya con conocimiento de causa, que lo que leí en uno de aquellos blogs espeluznantes se aleja bastante de la realidad. Lo puedo contar porque lo he vivido. Experiencias nos da la vida. El caso fue que antes de venir, como me daba miedo el tema sanitario y teniendo en cuenta lo hipocondríaca que soy,  me hice un seguro de viaje que incluía un seguro sanitario. Un par de veces tuve que ir a una clínica de Vilnius y mi primera impresión fue que la sanidad privada de aquí nada tiene que envidiar a la nuestra. El caso es que en una de esas visitas me detectaron un pequeño problema ginecológico bastante surrealista (permitidme no entrar en detalles, solo fue una de esas cosas raras que me pasan a veces). Esto sucedió un  jueves y cuál fue mi sorpresa cuando me dijeron que como muy tarde el sábado tenía que pasar por quirófano ya que me tenían que hacer una pequeña intervención nada peligrosa pero sí muy urgente. Todo se planteó así, de repente, sin darme tiempo a pensar. El médico que me atendió me dijo que no podía esperar y que teníamos que contactar con nuestro seguro para planificar la operación o ir urgentemente a la sanidad pública. Al final nos fuimos a la pública  a la mañana siguiente, ya que tengo acceso a la  sanidad lituana al estar aquí apuntada como demandante de empleo (otra historia que contaré otro día). Tengo que decir llegados a este punto que el trato que me dispensaron tanto  los médicos/as como las enfermeras (solo había mujeres) fue inmejorable. A pesar de la distancia idiomática todo se arregló con la ayuda de nuestra amiga M., algo de inglés y mucha voluntad por parte de todos, de tal manera que entré en el hospital a las diez de la mañana y salí a las diez de la  noche. En ese tiempo sí que vi cosas que me llamaron la atención, pero desde luego nada malo. Fui atendida de forma rápida y efectiva. Para el anecdotario particular quedaron cosas como el entrar andando en el quirófano mientra ayudaba a la enfermera a empujar la camilla (no tienen celadores), la bata de ositos  a juego con el camisón de franela rosa chicle o las zapatillas unisex talla cuarenta y siete, historias para contar, desde luego. El caso es que aparte de pequeños detalles no encontré demasiadas diferencias entre nuestros hospitales y los suyos, tal vez, eso sí, que en los hospitales lituanos no hay gente de visita y no se oye ni un ruido en toda la planta.
       Así fue mi experiencia en la sanidad de Lituania. Todo bien a pesar del mal trago. No deja de ser curioso que me hayan atendido tan bien en un país que no es el mío, mientras en mi propia patria reniegan de mí por haber tenido que salir fuera. Ironías de la vida. 

martes, 14 de enero de 2014

Recordando

    Mientras termino una entrada sobre sanidad que llevo días intentando rematar, viene a mi cabeza una historia que hoy, desde la distancia que me dan el tiempo y el espacio, me apetece contar.
    Se llamaba... Digamos mejor que su nombre empezaba por E. Por aquel entonces, cuando yo la conocí, tendría unos veintidós o veintitrés años y llevaba ya un tiempo viviendo sola en Oviedo. Era de la zona de occidente y había tenido que irse muy joven a la capital, donde había hecho un módulo de FP, no recuerdo muy bien de qué.
    La conocí trabajando. Estábamos en el mismo local. Yo me dedicaba a una cosa y ella a otra. Mi trabajo era una mierda y el suyo era infinitamente peor. Yo hacía horas que no me pagaban y tenía un horario partido de mil demonios. Ella trabajaba en turnos de más de diez horas, aunque el cabrón de nuetro jefe solo la había asegurado a media jornada. 
    El buen caracter de E. hizo que muy pronto entablásemos una cierta amistad, que al cabo de un par de meses nos permitió poder hablar de cosas un tanto personales. En ese tiempo E. se fue a vivir con su novio, con el que llevaba bastante tiempo, no recuerdo cúanto, pero sé que me pareció mucho. Mientras tanto corrían los meses mientras yo pensaba en buscar un trabajo mejor e intentaba no conformarme. Fueron tiempos difíciles. 
    Un día cualquiera E. me contó que se había quedado embarazada. Estaba muy contenta porque quería mucho a su novio y aunque no había sido algo buscado creía que iba a ser algo muy bueno para la pareja. A mí me pareció algo arriesgado y muy prematuro teniendo en cuenta el trabajo de ambos, pero por una vez supe tener la boca cerrada y no dije nada. 
    E. estaba de unos dos meses cuando su novio la dejó. Resulta que llevaba tiempo viéndose con otra y al quedarse E. embarazada pensó que era preferible quedarse con la otra chica. A E. le dijo que no quería adquirir determinados compromisos. A los pocos días de que sucediera aquello E. me contó que iba a abortar. Le pregunté que si no le daba pena, pero enseguida me arrepentí de mi indiscreción. Por nada del mundo quería hacerla sentirse peor. Ella me contestó que claro que le daba pena, pero que qué iba a hacer con un crío, currando diez horas al día y con un sueldo que no llegaba al salario mínimo. Además estaba lo del embarazo en el trabajo. Ambas sabíamos que nuestro jefe no iba a tardar en buscar alguna forma para largarla en cuanto se enterara. ¿Qué decirle a ella en esos momentos? No supe consolarla. Me dio mucha pena. A los dos días E. abortó en una clínica privada. Al día siguiente de la intervención no le quedó otro remedio que ir a trabajar. Tenía mala cara y la tripa hinchada, pero como ella misma me dijo: "hay que seguir".
    Al poco tiempo yo dejé de trabajar allí. Mi jefe, todo corazón y honradez, aprovechó para darme de baja mientras yo estaba de vacaciones. 
    Vi a E. un tiempo después. La encontré bastante bien. Tenía otro novio y había conseguido un trabajo con mejores condiciones.
    Fin de la historia. Una historia real que regresó a mi cabeza así, de repente. 
    No opino, no juzgo, solo lo cuento. Que cada uno haga sus propias reflexiones. 
   

lunes, 2 de diciembre de 2013

Nieva en Vilnius


Nieva. Esta vez cubre’l prau que tenemos delantre casa. Fuera tovía nun baxemos de tres baxo cero. Tamos a tres namás pa llegar a la temperatura mínima que vi na mio vida, al llegar a la estación de Campumanes un día pela mañana, depués de salir per Xixón o per Uviéu, quién sabe.Yá va tiempu. Nunca me gustó muncho la nieve, quiciabes de más nena, cuando vivía en Piñera y nevar yera nun dir a la escuela y salir a tirase con plásticos pela cuesta qu’hai al pie de casa. De toles menes nunca me gustó perder escuela. Yo yera d’aquella xente. Rara. Prestábame estudiar y lleer. Conocer coses. Eso sigue siendo asina.
Nieva. Nunca me gustó muncho la nieve. Cunten que cuando nací había una nevada tan escomanada que mio ma y yo nun pudimos xubir pa casa y tuvimos que tar unos díes en casa mio tía. Fai muncho d’aquello. Nieva. Yo siempre quixi vivir nun sitiu caliente, con mar y con sol. Equí nieva y yá tamos a menos tres.
Nieva y tovía ye pela mañana. Dientro d’un poco tengo de salir pa dir a clase d’inglés a casa de L., l’americana que tamién vieno a Vilnius buscando histories qu’escribir y de les qu’alcordase pa siempre. Al llau de casa garraré’l trolebús petáu de xente que va camín d’Antakalnis, una de les fasteres de la ciudá. Dirán o vendrán de trabayar. Nenos que salen de clase, paisanines que vuelven pa casa depués de comprar, obreros que terminen turnu. Xente. Xente que sigue cola so vida anque nieve. Yo apearéme na parada de Poliklínicu y ellí, como tolos díes, tará’l paisanín.
Tien que  tener unos  setenta años, quiciabes más, tien esa edá intemporal qu’algamen dalgunes persones cuando pasen de dellos años. ¿Tará ehí güei, ente la nieve? Tien un puestín na esquina de la cai, al aire llibre, ensin techu nin nada que lu tape. Viende tarros de miel, calabaces y cabeces d’ayu. Veolu cada vez que voi a inglés, nun importa’l tiempu que faga. Si llueve tápase con plásticu, si fai fríu tien un abrigón de piel vieyo, un gorru rusu y unes manoples pa calecer les manes. Ta tolos díes ehí solu nun requexu de la cera, na cai, esnin sitiu p’abellugase. Hores y hores con esa edá intemporal a la que de xuro yá duelen los güesos y les alcordances d’una dómina pasada que nesti país foi dura enforma. Yo pasaré  per  delantre d’él y como tolos díes nun seré  pa evitar el nuedu nel gargüelu al velu ellí solu, esperando que daquién-y merque cuatro puñeteros ayos. Asina ye equí. Dalgunes persones mayores tienen les pensiones tan pequeñes que se dediquen  a coses d’esti tipu pa sacar dalguna perra más, pa sobrevivir.
Voi llegar a la parada de Poliklínicu pensando, como siempre, que me prestaría comprar tolos ayos, tolos tarros y toles calabaces pa qu’él pueda por fin colar pa casa. Voi alcordame tamién nesi momentu de les paisanines que con una sorrisa nos llabios vienden ramos de flores a les puertes de ZARA. De xuro voi pensar, como tolos díes cuando paso per ehí, qu’esti ye un país remocicáu que ta agora faciéndose otra vez y al que tovía y queden munches coses qu’iguar. Apretaráme’l nuedu tovía más al pensar n’España, na situación que tuvimos y na que tenemos agora. Nes coses que tamos perdiendo y nes que nos tán quitando. ¿Voi ser  yo la que vienda flores  a les puertes d’un centru comercial dientro de cuarenta años?  ¿Vas ser tu?

martes, 12 de noviembre de 2013

Sobre tumbas y antihéroes

 
Escultura a la entrada del cementerio de Antakalnis

Y octubre se escapó entre los dedos como si fuese un puñado de granos de arena. No sé por qué pero el tiempo se me pasa de otra manera últimamente, más rápido y sin dar fruto. Quizás sea Litunia y sus horas de luz o puede que sea yo, que cada vez me dedico más a contemplar lo que me rodea. Sea como sea, llevo ya tiempo sin escribir en este blog que nació con la pretensión de ser un diario de mi estancia en Vilnius. Llevo días intentando ponerme de una vez con esta entrada y hoy, por fin, he encontrado el tiempo y la gana. La parte buena es que además del blog estoy escribiendo algo (ya era hora).
Pues bien. Lo que quiero contar sucedió hace tres semanas. Parece que fue hace una eternidad porque desde entonces los días han menguado y las hojas han desaparecido de los árboles dejando el paisaje desnudo y frío. Además, no sé por qué, pero cada vez hay más cuervos. Enormes cuervos negros de cabeza azulada. Ya lo dice George. Winter is coming. Para esta semana están previstas las primeras nieves...
Como iba contando, fue a principios de octubre, un sábado por la tarde. Salimos de casa después de comer y nos dirigimos al cementerio de Antakalnis. Aunque a alguno o alguna le pueda parecer un tanto tétrico, a lo largo de los años he encontrado verdaderas joyas escondidas en los distintos cementerios del mundo. Si tengo que recomendar alguno hablaría del mítico Père Lachaise, lugar de descanso eterno para Oscar Wilde o Morrison entre otros; del cementerio de Luarca, con Severo Ochoa como morador más ilustre; del cementerio de Deià en Mallorca, con la tumba de Robert Graves o el de Covas do Barroso, espectacular camposanto escondido en un pueblo de Tras-os-Montes, en el que están los restos de mis antepasados portugueses. Ahora, desde luego, aconsejaría  también una visita a Antakalnis a los potenciales turistas de Vilnius.  
Continúo con mi relato:
Era octubre, una tarde de sábado. El sol de Vilnius iluminaba sin calentar las calles llenas de hojas que nos llevaban hacia el cementerio. En la entrada misma, dando la bienvenida, una escultura tallada en madera era preludio de lo que íbamos a ver dentro. A lo lejos se oían voces que poco a poco se convirtieron en cantos. Ya dentro, en lo alto de una ladera sembrada de cruces, varias decenas de personas entonaban una canción que a mí se me antojó demasiado íntima y que por un momento me hizo sentir como una observadora intrusa. Eran ciudadanos polacos cantando ante las cruces de los soldados de la misma nacionalidad, muertos entre 1919 y 1920. 




Más adelante tumbas presididas por tallas de madera o mármol se levantaban a lo largo de todo el cementerio. El sol se iba poniendo y la escena era cada vez más irreal. Al fondo, a lo lejos, las imágenes gigantes de seis soldados de piedra presidían el camposanto. 

En el camino hacía las imágenes gigantes se hallaban las tumbas de soldados alemanes y rusos caídos en la primera guerra mundial, las de soldados del ejército rojo de la segunda guerra mundial y las de las víctimas civiles del año 1991. La luz de otoño dotaba al camposanto de una belleza fría  fantásmagórica. Algunas de las tumbas estaban decoradas con tallas de madera, otras con tallas de piedra haciendo referencia a la profesión del difunto. 

La tarde caía y el sol se puso finalmente al fondo de Antakalnis. Era hora de volver a casa. Ya al salir nos encontramos un enterramiento enorme con una inscripción en lituano y francés. Decía algo así: “Aquí reposan los restos de los soldados que componían la Gran Armada del Emperador Napoleón I, muertos en Vilnius en su retorno de la campaña de Rusia en diciembre de 1812”. La inscripción y la tumba hicieron que se nos despertara la curiosidad. Nos fuimos del cementerio de Antakalnis casi al anochecer con la idea de que según se acerca el invierno o es de noche todo el tiempo o está anocheciendo...
Un par de días después de la visita a Antakalnis busqué la información referida al último enterramiento del que os he hablado y lo que encontré me pareció muy interesante. La historia de Lituania me está resultando apasionante, no lo negaré.
Pues bien, en noviembre del 2001 los obreros que trabajaban excavando en una de la colinas de Vilnius hicieron un hallazgo sorprendente: Encontraron por casualidad los restos de cientos de personas (luego se supo que unas 3000). Tras el examen científico se llegó a la conclusión de que lo que habían encontrado los obreros de Vilnius eran los restos de los soldados de infantería del Ejército Imperial de Napoléon. Monedas, botones y otro tipo de utensilios también se conservan entre los cadáveres. ¿Qué sucedió entonces? Pues bien, parece ser que en junio de 1812 Napoléon, al mando de la impresionante Grand Armeé (formada por más de medio millón de soldados), toma la ciudad de Vilnius en su camino hacia Rusia. Seis meses más tarde, en pleno invierno, las tropas ya mermadísimas (se habla de unos 40.000 soldados) vuelven otra vez a pasar por Vilnius. Muchos de aquellos soldados se quedarían enterrados en el corazón de la ciudad, muertos de frío y de hambre, vencidos por la estrategia de los rusos pero también por los rigores de un invierno que las crónicas definen como durísimo. Al final, muchos de los hombres de Napoléon fueron enterrados en las trincheras que ellos mismos habían hecho meses atrás, otros fueron  quemados por miedo a la peste y a las enfermedades. Parte de aquellas trincheras fueron excavadas de nuevo de forma fortuita en este siglo XXI dando lugar al hallazgo soprendente. 
Los restos de todos aquellos soldados del ejército de Napoléon fueron enterrados en el cementerio de Antakalnis. Dicen los expertos que es más que probable que el corazón de Vilnius guarde muchos más secretos de ese tipo.
Me da por pensar en aquellos soldados, parece ser que jóvenes entre 14 y 25 años, niños muertos por una causa que seguro ni entendían, niños que no llegaron a héroes. Antihéroes quizás. También miro con aprensión el cielo, esperando la nieve que parece que va a llegar. El invierno de 30 grados bajo cero llegó a los soldados napoléonicos, cubiertos solo con las prendas de verano del ejército francés. El invierno me llegará también a mí. Ya lo dice George R.R. Martin. 
A lo lejos, frente a mi ventana, veo los cuervos picotear.