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Escultura a la entrada del cementerio de Antakalnis |
Y octubre se escapó entre los dedos como si fuese un puñado de granos de
arena. No sé por qué pero el tiempo se me pasa de otra manera últimamente, más
rápido y sin dar fruto. Quizás sea Litunia y sus horas de luz o puede que sea
yo, que cada vez me dedico más a contemplar lo que me rodea. Sea como sea,
llevo ya tiempo sin escribir en este blog que nació con la pretensión de ser un
diario de mi estancia en Vilnius. Llevo días intentando ponerme de una vez con
esta entrada y hoy, por fin, he encontrado el tiempo y la gana. La parte buena
es que además del blog estoy escribiendo algo (ya era hora).
Pues bien. Lo que quiero contar sucedió hace tres semanas. Parece que fue
hace una eternidad porque desde entonces los días han menguado y las hojas han
desaparecido de los árboles dejando el paisaje desnudo y frío. Además, no sé
por qué, pero cada vez hay más cuervos. Enormes cuervos negros de cabeza
azulada. Ya lo dice George. Winter is coming. Para esta semana están previstas
las primeras nieves...
Como iba contando, fue a principios de octubre, un sábado por la tarde.
Salimos de casa después de comer y nos dirigimos al cementerio de Antakalnis.
Aunque a alguno o alguna le pueda parecer un tanto tétrico, a lo largo de los
años he encontrado verdaderas joyas escondidas en los distintos cementerios del
mundo. Si tengo que recomendar alguno hablaría del mítico Père Lachaise, lugar
de descanso eterno para Oscar Wilde o Morrison entre otros; del cementerio de
Luarca, con Severo Ochoa como morador más ilustre; del cementerio de Deià en
Mallorca, con la tumba de Robert Graves o el de Covas do Barroso, espectacular
camposanto escondido en un pueblo de Tras-os-Montes, en el que están los restos
de mis antepasados portugueses. Ahora, desde luego, aconsejaría también una visita a Antakalnis a los
potenciales turistas de Vilnius.
Continúo con mi relato:
Era octubre, una tarde de sábado. El sol de Vilnius iluminaba sin calentar las calles llenas de hojas que nos llevaban hacia el cementerio. En la entrada misma, dando la bienvenida, una escultura tallada en madera era preludio de lo que íbamos a ver dentro. A lo lejos se oían voces que poco a poco se convirtieron en cantos. Ya dentro, en lo alto de una ladera sembrada de cruces, varias decenas de personas entonaban una canción que a mí se me antojó demasiado íntima y que por un momento me hizo sentir como una observadora intrusa. Eran ciudadanos polacos cantando ante las cruces de los soldados de la misma nacionalidad, muertos entre 1919 y 1920.
Más adelante tumbas presididas por tallas de madera o mármol se
levantaban a lo largo de todo el cementerio. El sol se iba poniendo y la escena
era cada vez más irreal. Al fondo, a lo lejos, las imágenes gigantes de seis
soldados de piedra presidían el camposanto.
En el camino hacía las imágenes
gigantes se hallaban las tumbas de soldados alemanes y rusos caídos en la
primera guerra mundial, las de soldados del ejército rojo de la segunda guerra
mundial y las de las víctimas civiles del año 1991. La luz de otoño dotaba al
camposanto de una belleza fría
fantásmagórica. Algunas de las tumbas estaban decoradas con tallas de
madera, otras con tallas de piedra haciendo referencia a la profesión del
difunto.
La tarde caía y el sol se puso finalmente al fondo de Antakalnis. Era
hora de volver a casa. Ya al salir nos encontramos un enterramiento enorme con una inscripción en lituano y
francés. Decía algo así: “Aquí reposan los restos de los soldados que componían
la Gran Armada del Emperador Napoleón I, muertos en Vilnius en su retorno de la
campaña de Rusia en diciembre de 1812”. La inscripción y la tumba hicieron que
se nos despertara la curiosidad. Nos fuimos del cementerio de Antakalnis casi
al anochecer con la idea de que según se acerca el invierno o es de noche todo el
tiempo o está anocheciendo...
Un par de días después de la visita a Antakalnis busqué la información referida al último
enterramiento del que os he hablado y lo que encontré me pareció muy
interesante. La historia de Lituania me está resultando apasionante, no lo
negaré.
Pues bien, en noviembre del 2001 los obreros que trabajaban excavando en
una de la colinas de Vilnius hicieron un hallazgo sorprendente: Encontraron por casualidad los restos de
cientos de personas (luego se supo que unas 3000). Tras el examen científico se
llegó a la conclusión de que lo que habían encontrado los obreros de Vilnius
eran los restos de los soldados de infantería del Ejército Imperial de
Napoléon. Monedas, botones y otro tipo de utensilios también se conservan entre
los cadáveres. ¿Qué sucedió entonces? Pues bien, parece ser que en junio de
1812 Napoléon, al mando de la impresionante Grand Armeé (formada por más de medio millón de soldados), toma la ciudad de Vilnius en su
camino hacia Rusia. Seis meses más tarde, en pleno invierno, las tropas ya
mermadísimas (se habla de unos 40.000 soldados) vuelven otra vez a pasar por
Vilnius. Muchos de aquellos soldados se quedarían enterrados en el corazón de la ciudad,
muertos de frío y de hambre, vencidos por la estrategia de los rusos pero
también por los rigores de un invierno que las crónicas definen como durísimo.
Al final, muchos de los hombres de Napoléon fueron enterrados en las trincheras
que ellos mismos habían hecho meses atrás, otros fueron quemados por miedo a la peste y a las enfermedades. Parte de aquellas trincheras fueron
excavadas de nuevo de forma fortuita en este siglo XXI dando lugar al hallazgo soprendente.
Los
restos de todos aquellos soldados del ejército de Napoléon fueron enterrados en el
cementerio de Antakalnis. Dicen los expertos que es más que probable que el
corazón de Vilnius guarde muchos más secretos de ese tipo.
Me da por pensar en aquellos soldados, parece ser que jóvenes entre 14 y
25 años, niños muertos por una causa que seguro ni entendían, niños que
no llegaron a héroes. Antihéroes quizás. También miro con aprensión el cielo,
esperando la nieve que parece que va a llegar. El invierno de 30 grados bajo cero llegó a los soldados
napoléonicos, cubiertos solo con las prendas de verano del ejército francés. El invierno me llegará también a mí. Ya lo dice George R.R.
Martin.
A lo lejos, frente a mi ventana, veo los cuervos picotear.