Era sábado y no
recuerdo exactamente por qué pero yo estaba dando una vuelta sola por
Senamiestis, la parte antigua de Vilnius. Fue al poco de llegar, quizás a
finales de octubre, no sé. Es un dato que tampoco importa. La tarde-noche en la
ciudad era rara, irreal. Caía una lluvia fina, eso que en Asturies llamamos orbayu, y que aquí se ve tan pocas
veces. En Lituania llueve mucho menos y muchas veces en invierno las
precipitaciones son en forma de nieve. El tema es que aquel día cerca del antiguo Ayuntamiento,
había un festival de canción, danza y costumbres de Ucrania. No voy a negar que
me fascinaron aquellos cosacos altísimos de largos bigotes que llevaban abrigos
casi hasta los pies y botas de piel. Tampoco negaré que observé con envidia a
aquellas muñecas de piel perfecta y pelo claro, con trenzas recogidas en la
cabeza y vestidas con coloridos trajes tradicionales. Es evidente que todos
iban ataviados para la ocasión y la verdad es que a mí me encantaron. Estuve
casi una hora allí de pie esperando por J. y mientras tanto pude ver varias
actuaciones musicales, danzas y juegos tradicionales en los que participaba el
público. Hubo un momento en que sus juegos y chanzas se me antojaron tan
parecidos a los nuestros que logré olvidar que no estaba en casa. Desde que
estoy fuera de España estoy descubriendo que las personas se parecen mucho en
todos los sitios. Puede cambiar la altura, el carácter o el color de los ojos,
pero siempre hay algo común, algo que te permite empatizar. La historia es que
a mí aquellas personas me resultaron alegres y amables. Me gustó su música y quedé
fascinada con las imágenes del país que mostraba una pantalla gigante. Cuando
J. llegó le dije que a lo largo del año teníamos que visitar Ucrania. Solo el
precio y el horario del vuelo nos harían unos días después escoger San
Petersburgo en lugar de Kiev para nuestra visita de enero. Ucrania queda
pendiente, pero no me pienso olvidar.
A finales de
noviembre, tiempo después de aquel festival que tanto me había entusiasmado,
tuvo lugar la ya famosa cumbre de Vilnius, donde los países europeos intentaron
acercarse a Ucrania con el consiguiente cabreo de Rusia. Desde aquí las cosas
las vimos muy de cerca. La misma tarde en la que comenzó todo nos encontramos a
varios manifestantes ucranianos lanzando proclamas a favor de Europa. “Ucrania
es Europa” chillaban en lituano desde Lituania, un país que también formó parte
de la Unión Soviética y que ahora por decisión de sus ciudadanos pertenece a la
Unión Europea (con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva, está claro). Yo
hace tiempo que soy escéptica con el
concepto “Europa”, pero tengo que admitir que los lituanos están recorriendo el
mejor camino posible. Quizás el único posible para ellos. Esa es mi opinión ahora
que los conozco un poco más, pero el camino de Lituania es otra historia…
En aquella
cumbre el resultado final fue que Ucrania no firmó lo que tenía que firmar con
Europa y mostró su apoyo a la Rusia de Putin,
al omnipotente y omnipresente Vladimir. Los representantes europeos, como no
podía ser de otra manera, no se lo tomaron bien. Aún recuerdo el discurso de Durão Barroso (en ese perfecto inglés que saben usar los
políticos de todos los países excepto los de España…), diciendo ante la prensa que
los países de la UE no pensaban ceder ante ningún tipo de chantaje.
Aquella fue la
chispa que encendió un polvorín que se llevaba ya tiempo cociendo. Ucrania era
y es una nación dividida entre los afines a Europa y los partidarios de seguir
cerca de Rusia. Comenzaron a finales de aquel mes de noviembre las protestas
que terminaron por extenderse a lo largo de los meses. Protestas y altercados que
acabaron con un montón de muertos y un país que a día de hoy sigue dividido.
Hace unos días ya que Yanukovich anda desaparecido del mapa, dicen los medios
que puede estar en una base rusa en la zona de Crimea. Mientras tanto, tras su
huida, en sus dependencias se hallaron todo tipo de lujos y comodidades, bastante
alejadas de las que podría alcanzar un ucraniano de a pie. Así son las cosas en casa del poderoso.
Durante todo este
tiempo he seguido muy de cerca las noticias que llegaban desde allí. Me he
horrorizado con determinadas acciones que llegaban a nosotros por medio de
la prensa y me he llegado a emocionar con otras. Recuerdo las palabras de un
ciudadano que decía que ellos solo querían vivir una vida normal, en libertad.
Supongo que eso es a lo que todos deberíamos aspirar.
A día de hoy Ucrania
sigue siendo una bomba. Yo, desde aquí, desde donde veo las cosas un poco más
cerca, solo les deseo que lleguen a buen fin. Les deseo que logren encontrar su
camino, que alcancen una Ucrania libre en la que se respeten los derechos de
todos sus ciudadanos. Lejos de pensamientos políticos divididos y fuera del
yugo de los corruptos y de los opresores todos somos iguales.
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Foto tomada con mi móvil durante la cumbre de Vilnius. Los manifestantes gritaban "Ucrania es Europa". |